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Crítica a la razón ambientalista  18/07/2012 RN

Analizamos los fundamentos políticos y morales de las posiciones más extremas de las elites contraculturales y académicas contrarias a las prácticas extractivas de minerales:

I) Las críticas se centran en temas muy acotados como concentración de minerales con cianuro, explotaciones off shore y, recientemente, fracturación hidráulica de yacimientos de hidrocarburos, mientras ignoran muchas actividades que también impactan el medioambiente como medios de transporte, gases de invernadero de millones de cabezas de ganado vacuno y miles de millones de baterías eléctricas.

II) Asumen premisas que suponen universales, sin analizarlas ni probarlas, v. gr.: para maximizar ganancias, las firmas multinacionales actuarían sin escrúpulos, para lo que contarían con el apoyo irrestricto de los gobiernos.

III) Usan datos localizados sobre niveles de contaminación y afectación de recursos, presuntamente provenientes de “fuentes científicas”. Pero, paradójicamente, cuestionan la ciencia moderna como “discurso legitimador del poder”, sugiriendo “conocimientos contra-expertos”, los que consisten sólo en la paralización de las actividades.

IV) Focalizados como son, dejan de lado los espacios desarrollados y fomentan movimientos sociales en ambientes rurales y aborígenes, sin proponer acción alguna en beneficio del medio desde donde peroran, polarizando inútilmente la cuestión.

En fin: un relato maniqueo donde los “malos” son las multinacionales, el gobierno y la ciencia y los “buenos” son las comunidades afectadas y los movimientos ecologistas apoyados en “saberes alternativos” de académicos y militantes esclarecidos. Hay que resaltar que el afán eco-ultra se limita a selectas actividades no urbanas, cubriendo sólo un pequeño porcentaje del amplio proceso productivo que ha montado la humanidad. Pero el problema ecológico y ambiental es mucho más vasto y complejo. Veamos:

Los seres humanos son individuos sociales y artefácticos desde que formaron comunidades y modificaron la naturaleza para reproducirse. Alteraron la evolución natural con majadas y cultivos artificiales e impactaron profundamente todas las geografías: hoy casi no quedan espacios cultivables en el globo que no hayan sido transfigurados. Alimentos y remedios, electrodomésticos y computadoras, automóviles, aviones y viviendas, aparatos fabricados en instalaciones que requieren amplias infraestructuras, como rutas, comunicaciones y energía, conforman demandas de productos que crecen más rápido que las poblaciones, ya que se consumen más bienes por persona en la medida que avanzan las tecnologías. Se construyen edificios de enormes tamaños y alturas absurdas que resultan en una severa alteración de la biosfera en las ciudades. Se consumen cantidades de energía inimaginables pocos años atrás. La humanidad se acerca a 10.000 millones de habitantes y más de la mitad no es autosostenible, ya que vive en ciudades. A esta cuestión de la cantidad se agrega el tema de la inequidad, ya que la distribución es muy desigual, favoreciendo a muy pocos y poniendo en situación de crisis alimentaria y social a cientos de millones de personas.

El desarrollo es inexorable; no es posible la vuelta atrás en la dependencia de la humanidad respecto de la tecnología y la utilización masiva de los recursos naturales: si se hiciera caso al reclamo ultraecologista, en pocos meses desaparecería catastróficamente, por hambre y enfermedades, la mitad de los seres humanos. No queda otra alternativa que buscar salidas con más tecnologías, pero necesariamente apuntando a una mayor participación popular, especialmente de los grupos afectados (negativamente por los impactos ambientales y positivamente por los impactos económicos), y a la descentralización de las grandes y pequeñas decisiones. Éste es un punto sensible, susceptible de confusiones: participación popular no significa asambleísmo sino todo lo contrario. El asambleísmo es la metodología preferida por las minorías intensas porque son fácilmente controlables por los discursos equívocos de la “democracia directa” contra los “grupos de poder”. Sin embargo, es una práctica profundamente conservadora, pues atenta contra el principio de representatividad y la democracia participativa de todos los actores (no sólo de los que viven en las cercanías de los yacimientos). Sólo el Estado puede sintetizar la voluntad popular; y únicamente los gobiernos locales y nacionales –como planificadores, concedentes, controlantes y actores privilegiados en la producción– pueden cambiar positivamente el rumbo.

En pocas palabras: la condición necesaria para la sustentabilidad del desarrollo social y ambiental es el uso racional de las tecnologías; la condición suficiente es la expansión democrática del poder y la disminución de las desigualdades de ingresos, de calidades de vida y de oportunidades, objetivos estratégicos que sólo el Estado puede garantizar.

LUIS FELIPE SAPAG (*)

(*) Ingeniero industrial. Exdiputado

 

 

 

 

 

16/08/2012

Crítica a la crítica a la razón ambientalista

La columna “Crítica a la razón ambientalista”, del ingeniero Sapag, reafirma una matriz de pensamiento que encierra una operación política peligrosa. Antes que proceder al análisis con el espíritu de un hermeneuta, sería conveniente asumir la disposición de un médico forense, pues se trata de una di…

La columna “Crítica a la razón ambientalista”, del ingeniero Sapag, reafirma una matriz de pensamiento que encierra una operación política peligrosa. Antes que proceder al análisis con el espíritu de un hermeneuta, sería conveniente asumir la disposición de un médico forense, pues se trata de una discursividad que decididamente huele a muerte; digo esto pensando en las prácticas coligadas que, disfrazadas de planteos edificantes, potencian los riesgos ambientales más atroces.

Me pregunto: ¿quién habla detrás del ingeniero? ¿Qué dispositivo de saber-poder provoca esta perspectiva discursiva?

Sin perder el plano general de lo enunciado, la posición a la que adscribe tiene por mayor finalidad minimizar toda resistencia a las prácticas tecnológicas amparadas en el desarrollismo económico, que en términos materiales se traducen en desastres ambientales, contaminación, impactos sobre la salud, exclusión social y deterioros en las economías.

Parafraseando a Aristóteles podríamos decir: desarrollo se dice de muchas maneras. Hace tiempo que la teoría del desarrollo quedó al desnudo cuando se reveló el artilugio retórico que la hacía posible. Para que haya desarrollo es indispensable que exista un sistema de desigualdades económicas y sociales. Prueba de ello es que los países desarrollados encuentran su bienestar en el sometimiento de los subdesarrollados, bajo la promesa (siempre incumplida) de entrar en algún momento en la vía ascendente. Por ello me parece inconsistente seguir defendiendo tal desarrollo, mucho menos que sea algo inexorable.

Me pregunto, ¿por qué tanto interés en impugnar las denuncias de los “ambientalistas focalizados”, según su modo de hablar, a los que caracteriza como “las posiciones más extremas de las elites contraculturales y académicas”? Les reconoce las problemáticas que denuncian en contra de las prácticas extractivas de minerales, pero intenta soslayarlas porque ignoran otras y, como queriendo desviar la atención, enumera unas pocas más. Que la lista esté incompleta, ¿es argumento para desmerecer tales denuncias?

Demuestra preocupación por las elites, pero nada dice de las que concentran poder económico a nivel global.

Acusa a los ambientalistas de interponer razones científicas mientras critican a la ciencia como discurso legitimador del poder, pero no veo en esto ninguna contradicción. La ciencia, como otras expresiones de la cultura, no es neutra ni desinteresada, es producto de las relaciones de fuerza que se dan en el campo político.

En síntesis, que haya multinacionales que exploten los bienes naturales (despojando y contaminándonos) no es un orden que merezca defensa alguna, ni siquiera por razones de crecimiento económico; es más, tal vez sea hora de hablar de acrecimiento, pues es fácil advertir que por la vía que transitamos el único derrame posible es el de la contaminación.

Pero, más allá de sus críticas, es importante atender a sus argumentaciones, que conducen a reforzar un dispositivo que ha dado muestras de su nocividad contra la vida y el ambiente. El ingeniero dice que “no es posible la vuelta atrás en la dependencia de la humanidad respecto de la tecnología” y agrega que si se hiciera caso a las razones ultraecologistas entonces “en pocos meses desaparecería catastróficamente, por hambre y enfermedades, la mitad de los seres humanos”. Desconozco la fuente de esta profecía, pero a mi juicio adolece de al menos dos errores de perspectiva. Primero, el hambre no es un riesgo potencial, es una realidad concreta que se desprende de este modelo productivo y extractivo: según un comunicado de la FAO del 2010, en el mundo hay cerca de 925 millones de personas con hambre, cifra que supera a la suma de las poblaciones de Estados Unidos, Canadá y la Unión Europea.

Por otra parte, la tecnofilia manifiesta señala una manera de entender el mundo que heredamos del cogito cartesiano, como piedra de toque del paradigma de la racionalidad moderna. Según este enfoque, el mundo se despliega a nuestros ojos esperando ser dominado por la razón universal y el conocimiento científico-técnico. Se trata de una concepción de lo humano que se está desmoronando, no hay tal Hombre dominador del mundo, ése fue un espejismo que tomó forma hace más de cien años y que debemos despojar de sus privilegios para reinterpretar lo humano e inventar nuevas maneras de ser.

Respecto de su sentencia apocalíptica, podemos citar una peor. James Hanson, climatólogo de la NASA, censurado por Bush, en el 2009 sostuvo: “La continuación de la explotación de todos los combustibles fósiles de la Tierra no sólo amenaza a millones de especies en el planeta sino la supervivencia de la humanidad misma, y los plazos son más cortos de lo que pensamos”.

Por último, Luis Sapag habla de democracia y de participación popular y, no sin cierta astucia, de la descentralización de las decisiones, pero no sale del paradigma de la democracia representativa. Para Sapag la cosa es simple: nada de democracia directa. Probablemente desprecie los acontecimientos políticos y movimientos sociales que se dan en el mundo frente a las democracias formales, y no creo que vea con buenos ojos lo acontecido recientemente en Loncopué, donde mediante referéndum, uno de los mecanismos constitucionales de democracia directa, el pueblo rechazó la megaminería en su ciudad.

No soy ambientalista y seguramente este campo del saber tiene sus puntos débiles, sus contradicciones y rivalidades. Aun así, adhiero a las posiciones que ponen en valor el ambiente confrontando a las nuevas promesas de un “capitalismo limpio” o una “economía verde”, que no son otra cosa que intentos por perpetuar un sistema que continúa acuñando las peores fatalidades a pesar de haber entrado en la curva más decadente de su historia.

 

(*) Licenciado en Filosofía

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